Rosácea: la importancia de la detección temprana

Entre las patologías cutáneas que más a menudo pasan inadvertidas o que son incorrectamente diagnosticadas está la rosácea.

Son pieles que se ruborizan con facilidad. Una comida picante, un momento de vergüenza… cualquier cosa produce una rojez que inicialmente es transitoria y aparece en los pómulos, el mentón y a veces en el pecho. Pero con el tiempo esa rojez se cronifica, y esos pómulos enrojecidos se pueden mantener todo el tiempo e incluso aparecer pequeñas arañitas vasculares en las mejillas.

La rosácea puede ir acompañada de pequeñas pústulas que parecen granitos de acné. Y, sin embargo, si se manipulan, de ellos no sale grasa. Por desgracia, a menudo se confunde este proceso con el acné, lo cual lo agrava, ya que esas pieles necesitan ante todo delicadeza y los tratamientos antiacné mal controlados pueden ser bastante agresivos.

La rosácea se ha relacionado tanto con la genética -la sufren más las personas de piel y pelo claros- como con un tipo de parásito, el Demodex follicolurum. Prácticamente todos tenemos este ácaro, pero se ha detectado que las personas con rosácea lo tienen en mayor número, y la exposición solar o el estrés, que altera el sistema inmunológico, lo pueden agravar».

Es importante que este tipo de pieles se cuiden lo antes posible para evitar que pasen a estadios más severos, puesto que es una enfermedad inflamatoria crónica

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